tomgreeceEn el enfrentamiento que mantienen Syriza y la Troika ambas partes se equivocan. La Troika, porque sigue insistiendo en cuadrar el déficit público mediante contracturas

subidas de impuestos en lugar de mediante oxigenantes reducciones del gasto público. Syriza, porque ha optado por secuestrar al pueblo griego como baza de sus negociaciones dirigidas no a cuadrar las cuentas de la forma menos dolorosa posible sino a seguir parasitando a los contribuyentes europeos para mantener unas estructuras burocráticas y clientelares desproporcionadas.

La apuesta de Varoufakis está siendo al “todo o nada”: o la Troika cede a la hora de otorgarnos todo lo que le reclamamos (especialmente en lo que se refiere a la quita y a la moratoria de deuda) o hacemos estallar la Eurozona con un sonoro portazo en el referéndum. El ministro de Finanzas heleno, autor intelectual de esta estrategia kamikaze, está convencido de que un NO este domingo forzará a los gobiernos comunitarios a claudicar y a ceder. A la postre, razona Varoufakis, el coste de una quita para Europa en la deuda pública helena resulta relativamente moderado frente a las pérdidas que podrían desprenderse de la ruptura de la Eurozona. Y, desde luego, semejante cálculo economicista no puede descartarse de plano: la Troika lleva, de hecho, operando bajo tan engañosa premisa desde 2010, momento en el que se cometió el error de comenzar a rescatar a Grecia.

Pero imaginemos que, en esta ocasión, el referéndum arroja un resultado negativo y las instituciones acreedoras no ceden ante la extorsión syriziana. ¿Cuáles serían las consecuencias de esta ruptura de las negociaciones tanto para Grecia como para el resto de economías occidentales?

  • En primer lugar, sin un acuerdo que le proporcione financiación al Gobierno griego, éste caería en default definitivo.
  • La bancarrota del Estado heleno provocaría la insolvencia de los bancos griegos sin que estos pudieran ser rescatados por un Estado griego sin capacidad para financiarse.
  • La insolvencia de la banca griega les bloquearía el acceso a la línea de financiación extraordinaria del BCE, de modo que el corralito actual se volvería irreversible.
  • Ante la irreversibilidad del corralito, se le abrirían dos grandes opciones a la economía griega, ambas con un gigantesco coste para los ciudadanos.
  • La primera opción es intentar mantenerse dentro del euro, tal como Syriza ha prometido insistentemente a sus electores. Para ello sería necesario, de entrada, recapitalizar a los bancos griegos a costa de sus clientes: el Financial Times, por ejemplo, ha filtrado que la banca helena podría estar preparando una quita de “al menos” el 30% a los depósitos de más de 8.000 euros. A su vez, el Ejecutivo sólo podría seguir atendiendo sus desembolsos corrientes —pagos a funcionarios y pensionistas— emitiendo pagarés en euros al estilo de los “Patacones” que imprimieron las provincias argentinas durante el corralito: funcionarios y pensionistas, por consiguiente, no cobrarían en euros, sino en promesas del Gobierno griego de pagarles euros en el futuro (y que al ser promesas de un Estado quebrado se depreciarían rápidamente entre un 40% y 50%).
  • La segunda opción sería salir del euro: redenominar forzosamente la deuda pública y la deuda de los bancos a dracmas e imprimir tanta nueva divisa como resultare necesario para pagarlas. El resultado de esta maniobra sería una elevada inflación interna (en los veinte años anteriores al euro, Grecia tuvo una inflación media superior al 12% anual) y una fortísima depreciación de la divisa que bien podría superar el 40%. Es decir, sí, los griegos cobrarían todo lo que se les adeuda pero con una notabilísima pérdida de poder adquisitivo. Esta segunda opción se antoja mucho más probable que la primera, ya que es dudoso que los griego acepten pérdidas nominales en sus ahorros (la quita en los depósitos) y, en cambio, no lo es tanto que acepten pérdidas reales provocadas mediante la inflación.
  • En cualquiera de ambos escenarios, el empobrecimiento de su economía —incluso con respecto a la situación actual— abriría un período de intensa inestabilidad política y social.
  • En el resto de Europa, a la incertidumbre sobre el futuro de Grecia se le sumaría la incertidumbre sobre el futuro del euro: toda vez que un país ha abandonado la divisa única y que ésta deja de poseer la apariencia de irreversibilidad, las cautelas de los ahorradores nacionales y extranjeros para invertir en la Eurozona se incrementarán, con lo que los riesgos a los que se enfrenta una posible recuperación económica también lo harán.

Un NO en el referéndum que no fuera seguido de una bajada de pantalones de la Troika sería una auténtica ruina para los griegos y un obstáculo para el crecimiento del resto de Europa. Pero el SÍ tampoco soluciona los problemas de fondo del país: primero, porque centra el imprescindible ajuste presupuestario en la subida de impuestos; segundo, porque la clase política griega carece de toda credibilidad para aplicar cualquier programa de ajuste y flexibilización que resulte verdaderamente sostenido en el tiempo. Quien no quiere ser salvado no puede ser salvado y Syriza ya ha probado sobradamente que sólo está interesada en seguir huyendo hacia adelante: esto es, en extraerles más dinero a los contribuyentes europeos para mantener el fraudulento statu quo en el que se ha movido el Estado heleno desde hace casi dos siglos.

FUENTE : JUAN RAMÓN RALLO

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